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Que no se te pase la vida

Trabajar con la muerte todos los días me enseñó algo muy simple: la vida se puede acabar en cualquier momento. No lo digo para asustarte. Lo digo porque saberlo, de verdad saberlo, cambia cómo vives.

Cuando murió mi papá entendí que había cosas que ya no le iba a poder decir. No porque no lo quisiera: porque siempre pensé que había tiempo. El duelo me enseñó, de la forma difícil, que el tiempo no está garantizado.

Desde entonces vivo con una regla: lo que sientas, dilo hoy. La llamada que estás posponiendo, hazla. El abrazo que te da pena, dalo. El te quiero que se da por entendido, dilo en voz alta. Nadie se ha arrepentido nunca de haber querido de más.

Aprender de la muerte no es vivir con miedo. Es al revés: es vivir más despierto. Es estar presente en la comida familiar en vez de estar en el teléfono. Es ir a la casa de los abuelos mientras está abierta. Es no dejar los viajes, las conversaciones y los perdones para una versión futura de tu vida que nadie te firmó.

La conciencia de la muerte, bien usada, es una maestra de vida. Esa es la esencia del kintsugi que le da nombre a este espacio: hasta lo que se rompe puede volverse oro, y hasta el final puede enseñarte a vivir.

Que no se te pase la vida. Eso es todo lo que quiero decirte hoy.

¿Te resonó este texto?

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